¿La educación física funciona?

En nuestro país, y también en Estados Unidos e Inglaterra, se está debatiendo acerca del rol de las clases de educación física en la enseñanza básica y media. Mientras en Chile se analiza la posibilidad de aumentar su frecuencia, en otras naciones se investiga qué efectos tienen estas actividades sobre el sedentarismo infantil.
Recuerdo que cuando estaba en el colegio odiaba ir a clases de educación física. No me motivaba correr el test de cooper mientras la profesora esperaba sentada a los alumnos y les medía el tiempo de la carrera. Otras veces jugábamos voleibol, saltábamos cajones, hacíamos esquemas con cinta y ula-ula, o practicábamos piruetas sobre la viga.
Claramente estuve en un colegio con recursos donde existían muchas opciones de deportes y actividades. Pero mi apatía no tenía que ver con hacer siempre lo mismo, sino con que de verdad sentía que perdía el tiempo durante las dos horas a la semana que nos tocaba estar en el patio -a vista de todo el mundo- o meternos al gimnasio cuando llovía.
Mi percepción del ejercicio, sólo vino a cambiar de adulta al ser diagnosticada con DM1. Ahí descubrí que si no me movía engordaría como bolita con tanta insulina. Luego el gimnasio con las máquinas, las clases libres, los profes y las amigas de zumba cambiaron mi swich. Hoy feliz me preparo para andar en bicicleta, correr en las perrotón  (con mi querido Arturito), trotar en las tardes y practicar con mi pesa rusa.
¿Las intervenciones funcionan?
Científicos de la Península College of Medicine and Dentistry de Inglaterra revisaron 30 intervenciones realizadas en distintos países entre enero de 1990 y marzo del 2012. Cada una de ellas involucraba a menores de 16 años, incluían actividades físicas a lo menos de un mes y tenían como objetivo motivar la práctica de ejercicio diario.
Dentro de esta revisión analizaron un programa norteamericano que contemplaba tres veces por semana carreras y juegos por 90 minutos fuera de la jornada escolar; y otro escosés que incluía prácticas similares por 30 minutos tres veces por semana pero en horario escolar.
El estudio demostró que nunca se observaba un aumento sostenido en la actividad física de los menores. Es más, los días que debían ejercitarse, se mostraban extremadamente sedentarios. Después de las clases llegaban a dormir siesta o a ver televisión, de manera de compensar el gasto energético.
Entonces, ¿cuál es la solución? Los científicos concluyeron que estas intervenciones no eran malas en sí mismas, pero sí parecían insuficientes. Personalmente creo que el formar hijos activos tiene que ver con la educación en la casa. Si uno se cría entre padres activos y los fines de semana te llevan a andar en bicicleta, a jugar a la pelota, a subir cerros o te dejan jugar con tierra, escalar árboles y aprender a nadar a temprana edad, tendremos adultos activos.
La actividad física no puede ser considerada una opción sólo cuando estamos excedidos de peso o cuando el tiempo nos permite salir al aire libre. Creo que los menores deben aprender la importancia de ejercitarse en el hogar, y las clases del colegio deberían ser otra oportunidad de ponerse en movimiento. Cuando moverse se transforma en una necesidad vital así como lo es comer y dormir, estamos frente a un ser activo, pero para serlo hay que formarse entre padres activos.

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