Procesos neuroconductuales serían la clave para perder kilos

La comunidad científica viene desde algunos años constatando que las estrategias que hoy se utilizan para ayudar a los pacientes con sobrepeso no sirven. Por ello, han reorientados las líneas de investigación desde un enfoque conductual a uno neurológico.
Hasta ahora el protocolo de control de peso se basa en criterios sicológicos. La idea es que sea el propio paciente capaz de reorientar sus elecciones de alimentos. Se le educa en nutrición y se apela al uso de la fuerza de voluntad. Este enfoque requiere de una motivación constante, por lo que en el largo plazo es difícil mantener los resultados logrados en una primera etapa.
De acuerdo a un ensayo denominado Time to abandon the notion of personal choice in dietary couseling for obesity?, publicado en la última edición de la Journal American Dietetic Association, al constatarse los nulos resultados de la terapia tradicional, se está investigando la obesidad como una enfermedad neurológica. Se está estudiando la forma en que el cerebro controla la conducta alimentaria y cómo estas respuestas se ven influidas por el medioambiente.
En concreto, el acto de comer estaría mediado por factores biológicos y medioambientales cruzados por tres procesos:
1. Recompensa de los alimentos: el sistema depaminérgico mesolímbico cuenta con este proceso. Gracias a él  la comida despierta placer y existe la motivación de buscar e ingerir comida apetecible. Hay personas con más o menos sensibilidad a la recompensa de comer alimentos. Esta se acentúa cuando se está en presencia de alimentos altos en grasas, grasas trans, azúcar y sal. Esta sensibilidad es biológica, pero es medioambiental  tener o no acceso a esos alimentos en grandes volúmenes.
2. Control inhibitorio: es la capacidad de suprimir la urgencia de comer alimentos ricos en calorías. Esto se da en la corteza pre-frontal del cerebro que determina el autocontrol relacionado a las metas. Con esta lógica funcionan las dietas, puesto que se busca reprimir la ingesta de azúcar, sal y grasas en función de la meta de bajar de peso.
3. Devaluar recompensas retrasadas: el placer inmediato de comer tiene un efecto mayor en la toma de decisiones que los beneficios que produce en el largo plazo, el privarse de ellos. Esta es la premisa con la que funciona este proceso. Las personas tienden a subvalorar los logros en el largo plazo, y a sobrevalorar la recompensa de los alimentos
Estrategias
Considerando estos tres sistemas, los científicos están diseñando estrategias que permitan optimizar la baja de peso. Algunas de ellas podrían ser:
– retirar los alimentos altos en grasa de su entorno para evitar la activación de circuitos de recompensa
– limitar la recompensa en la elección. Se puede lograr elaborando listas para comprar que limiten la chance de comprar cosas no necesarias
– evitar asistir a “tenedores libres” o buffets que desafían el control inhibitorio
– centrarse en el largo plazo y no en el corto plazo. Esto podría facilitarse a través de técnicas antiestrés

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